De cosas tardías

Siempre he admirado ha aquellos individuos, que por gracia (o desgracia) divina, exponen todos sus sentimientos de manera repentina, espontánea, en un fluir de sensaciones abismantes. Y que muchas veces asustan a los incautos.
Por contraparte, están los antagonistas de estos individuos, aquellos que muchas veces son acusado falsamente de fríos, ególatras o presuntuosos.
Estos segundos sujetos, no es que suelan pecar de todo lo expuesto con anterioridad, solamente que sus sentimientos llegan tarde; estos se dilatan durante horas, días y hasta meses. No es que no sientan aquel impedimento en la garganta, ni aquellos revoltijos en el estomago. No es que no les importe, cuando te preguntan por enésima vez que es lo que sientes y porque diablos te quedas callada, lo que realmente pasa es que las palabras se esfuman; y por un momento no tenemos nada que decir. Lamentablemente este periodo de tiempo puede alargarse por periodos indefinidos.
Entonces, de pronto sucede! nos sorprenden en los momentos más inesperados, cuando ya los habíamos olvidado completamente, a mi suelen asaltarme entre sueño y sueño y me paso largas noches desvelada por su insolencia. Nos sacuden, nos embrollan y no nos dejan escapar: tenemos todo junto, no sabemos por donde empezar, ya que existen tantas cosas que decir y nadie cerca que pueda (o quiera) escuchar y los que pudieron hacerlo se han cansado de esperar.
Las palabras salen a borbotones de los labios que no pueden contenerlas, las explicanciones tardías, las disculpas, las alegrías, las lágrimas, las sorpresas, todo! todo en una explosión de sensaciones... pero lamentablemente tardías.

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