De palabras

A veces las palabras son tan cálidas que te someten sin saber siquiera quién las pronuncia o escribe. Llegan a tu oído como una brisa fresca anunciando nuevos cambios, y tal y como pasa con el viento no las puedes ver, pero las sientes. Acarician tu rostro, te besan en la nuca y enredan tu pelo entre sus dedos durante un juego interminable de interrogantes y esperanzas. Apenas rozan tus labios durante el juego más estremecedor que podrías haber imaginado y ya han desaparecido, haciendo de lo prohibido algo más atractivo todavía.

Otras veces las sientes tan cerca y tan tuyas que prácticamente las puedes tocar. Son tan familiares que las esconderías bajo las sábanas, porque te huelen al café recién hecho de todas las mañanas. Prácticamente te enamoras de ellas, creyendo que son ese ideal que tanto habías buscado. Pero... ¿y si se alejan?

Cuando se alejan tu sueño se inquieta y los platos resbalan entre tus dedos. Los allegros se convierten en adaggios y tus ojos se vuelven vidriosos y plomizos como las tardes de noviembre. Entonces te das cuenta de que a lo mejor no eran tan tuyas como creías.


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