Bon appetite


La lechuga blanda, semipodrida, empapada en los jugos de su descomposición. Arrancas las hojas dañadas, cortas el troncho ennegrecido, salvas el corazón todavía fresco, apto para ensaladas. Lo mismo el tomate: la piel rugosa, demasiado blando ya. Todo un baño de sangre acuosa sobre la tabla de cortar verduras. Y una lata de atún, y un resto de judías cocidas, y unos cuadraditos de pimiento. Cebolla no queda. Todo bien aliñado, rematado con un airoso volatín de la mano que sostiene la aceitera, del chorro dorado que rubrica, sobre las verduras pasadas, el fin del proceso. Lávate las manos. Ya puedes comer.
(Hubo tiempos mejores, quién lo duda.)
Y esa silla vacía, que te mira con lástima.



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